Jueves 16 de Abril de 2026

*Columna: Entre Tirios y Troyanos*

Fecha: 08/12/2025
Hora: 16:31 hrs.

Fiscalía de Veracruz: Crónica de una autonomía rota* *Por: Fernando Mendoza* Académico, Analista Político y Consultor en Media Training

Hay decisiones políticas que irrumpen como un portazo en una casa oscura: no anuncian su entrada, pero hacen temblar todas las paredes. Así ocurrió en Veracruz en noviembre de 2025, cuando el Congreso estatal aprobó —con una facilidad que no coincide con la gravedad del hecho— una reforma constitucional que devuelve al gobernador la facultad de designar al Fiscal General, reduce su periodo de nueve a cuatro años y afloja los nudos que antes mantenían a esa institución lejos de la mano que todo lo toca: el poder Ejecutivo.
Veracruz amaneció distinto después de la votación. No porque las calles cambiaron o porque los ciudadanos sintieran de inmediato la grieta en la arquitectura institucional, sino porque algo profundo —casi subterráneo— se movió en la estructura que, en teoría, sostiene la justicia.
Explicar lo que se pierde cuando una Fiscalía deja de ser autónoma puede parecer un ejercicio de tecnicismos, pero en realidad es más simple: es la historia de un péndulo político que, tras años de intentar alejarse de la tentación del poder, regresó al punto del que tanto costó escapar.
La autonomía de la Fiscalía veracruzana no nació de un gesto de generosidad política, sino de una urgencia: romper con un pasado donde el Ministerio Público era —sin maquillaje— un arma del gobernador en turno. Un instrumento para castigar opositores, acallar voces incómodas o garantizar impunidad a los cercanos.
Ese blindaje institucional costó años. Costó debates, litigios, rupturas, negociaciones, desgaste político. Costó trabajo.
Quizá por eso duele más ver cómo, en un solo acto legislativo, ese esfuerzo se arroja al cesto, envuelto en discursos que prometen eficacia, pero huelen a control. Lo que tomó años construir se deshizo en horas, como si la historia no tuviera memoria.
La reforma no engaña a nadie. Las palabras oficiales son impecables: modernización, eficiencia, coordinación interinstitucional, rendición de cuentas. Todo cabe en un discurso, sobre todo cuando se pronuncia en tribuna.
Sí, las reglas del juego estaban escritas para garantizar autonomía, pero también es cierto que los últimos fiscales llegaron al cargo torciendo esas mismas reglas. Ahí están Luis Ángel Bravo Contreras, último fiscal del gobierno de Javier Duarte, que terminó en prisión; o Jorge Winckler Ortiz, fiscal en la gestión de Miguel Ángel Yunes Linares, también sujeto a proceso; o Verónica Hernández Giadáns, cercana al primer círculo político morenista. Es decir: la autonomía nunca fue plenamente real, sólo un acuerdo frágil.
La gobernadora Rocío Nahle —protagonista evidente de esta historia— recupera ahora la facultad de proponer al fiscal: con terna, con nombre único, con reloj en mano. El Congreso tendrá únicamente cinco días para decidir. Una demora, una falta de acuerdos, un debate atorado, y la decisión regresa al escritorio del Ejecutivo.
La duración del cargo se reduce a cuatro años. Lo suficiente para que ningún fiscal sobreviva políticamente al gobernador que lo nombró; para que cada administración ajuste la Fiscalía a su medida; para que las investigaciones delicadas caminen con cuidado de no molestar a quien puede remover.
Pero en esta historia, nadie es espectador, Verónica Hernández Giadáns, fiscal en funciones, queda convertida en pieza que podría permanecer o caer según la lógica del nuevo tablero. Su lugar ya no depende del marco institucional sino del clima político.
La diputada Ingrid Calderón, rostro visible de la defensa legislativa, repite el mantra de la eficacia institucional. Su discurso se alinea con la narrativa oficial: un fiscal debe responder “a las necesidades del estado”, no a una autonomía “que lo volvió inalcanzable”.
Los opositores —pocos, pero ruidosos— hablan de retroceso, de traje a la medida, de un regreso al pasado. Advierten que la Fiscalía será “un espejo del Ejecutivo”. Sus palabras suenan casi literarias, pero cargan la gravedad del antecedente.
La magistrada Lisbeth Aurelia Jiménez Aguirre aparece en conversaciones discretas, en análisis de pasillo, en esa nube de nombres que siempre acompaña a los movimientos judiciales de alto calibre. No es protagonista, pero su sombra está ahí.
El día de la votación no hubo incertidumbre. Las mayorías estaban contadas, los discursos escritos, las posiciones fijadas. La bancada oficialista habló como si realizara una cirugía urgente a un órgano que había dejado de funcionar. Eficiencia, ajuste a la realidad, rendición de cuentas, perspectiva de género: la semántica de la modernidad puesta al servicio de una decisión conservadora en términos institucionales.
La oposición replicó con un vocabulario emocional: sumisión, control político, madruguete. Decían que el proceso era apresurado, que no había estudios, que se abría la puerta a la persecución. Había verdad en sus palabras, pero también impotencia: la votación estaba decidida antes de que alguien subiera a tribuna.
Cuando el tablero marcó 42 o 43 votos a favor y sólo cinco en contra, la historia ya estaba escrita.
La autonomía no se ve, no se toca, no se marcha por ella. Pero se siente cuando desaparece.
Lo que se rompió en Veracruz no fue un artículo constitucional:
*fue un equilibrio.*
La autonomía del fiscal era un espacio mínimo de respiración en un sistema político acostumbrado a la obediencia. No garantizaba justicia, pero permitía buscarla. No impedía abusos, pero ofrecía la posibilidad de investigarlos. Era imperfecta, sí, pero era una barrera.
Hoy esa barrera se cerró, el nuevo fiscal tendrá que medir cada palabra, cada carpeta, cada decisión. Sabrá que su periodo dura lo que dura la voluntad del poder. Que cuatro años pasan rápido. Que quien nombra también puede remover.
La prensa local y nacional reaccionó con diagnósticos diversos pero coincidentes en un temblor común. Los críticos hablaron de subordinación, de justicia domesticada, de recentralización. Recordaron que la autonomía no era un invento, sino una defensa contra un poder que en Veracruz siempre ha sabido usar sus herramientas con precisión quirúrgica.
Los defensores —pocos— insistieron en que un fiscal eficiente debe coordinarse con el Ejecutivo, que las autonomías excesivas generan burocracias sordas. Que es mejor una Fiscalía cercana al poder que una institución inmóvil.
Es un argumento práctico, pero olvida una verdad simple:
*cuando la justicia se acerca demasiado al poder, deja de ser justicia.*
Veracruz no olvida. Los ciudadanos quizá no conozcan cada detalle de la reforma, pero conocen sus consecuencias. Han vivido épocas de carpetas fabricadas, persecuciones políticas y silencios obligados. La autonomía fue un esfuerzo —pequeño, frágil— por romper ese ciclo.
El ciclo vuelve a abrirse, no hay reforma inocente cuando se trata de justicia penal. Cada cambio moldea el futuro de las víctimas, de los acusados, de los opositores, de la prensa, de la ciudadanía.
Lo ocurrido en Veracruz recuerda que las instituciones pueden avanzar, pero también retroceder. Que las autonomías se construyen con esfuerzo, pero se destruyen con rapidez. Que el poder, cuando encuentra un resquicio, siempre busca ampliarlo.
La pregunta no es si el nuevo fiscal será cercano al poder.
*La pregunta es cuánto estará dispuesto a ceder para permanecer.*
Porque la autonomía no se pierde en un decreto.
Se pierde en la suma de silencios que convierte a la justicia en un espejo del poder.
*Veracruz ya vivió ese reflejo.*
*Hoy comienza a verlo otra vez.*
fermendozanunez@hotmail.com
Este análisis se elaboró con información de:
AVC Noticias, La Silla Rota, El Universal, El Demócrata, E-Veracruz, Meganoticias, En Contexto, Insurgencia Magisterial, dictamen legislativo, actas de sesión del Congreso y documentos públicos consultados.
Su estructura fue verificada y filtrada en más de cinco plataformas diferentes.



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